Por Roberto Gómez

El anime se engalana para pasear por la pasarela occidental. Su meneo es pausado y seguro, como a través de sus más de 50 años. Sus curvas suicidas enloquecen a la multitud. Su corazón palpita al ritmo de tramas complejas. Sus entrañas se componen de un engrudo de tecnología, sexo, violencia en sutil sintonía. Despierta polémicas que nunca
intentó, pero sigue avanzando por su extraño sendero.

Abre sus exagerados ojos y sonríe con minúscula boca. Detrás de esa cara se ocultan tímidos secretos acerca de su origen. Nadie puede afirmar a ciencia cierta el por qué de su forma. Unos hombres sostienen que éstos fueron trazados con la intención de ahorrar tiempo y dinero y que el movimiento de ella se valió de líneas cinéticas. Otros, que fue por influencia de películas norteamericanas como Mickey Mouse, pues directores de la talla de Osamu Tezuka (1926-1989) -el creador de Astroboy-, admitieron ser apasionados de Disney. Y quizás unos terceros, por ambas.

Amor-admiración, desprecio-desinterés, línea divisoria. De un lado están los fanáticos. Chiquitos que conocen los mil y un personajes que plagan Pokemon y el relato enroscado de Ranma ½. Esa serie en la que el protagonista “hombre” se transforma en “mujer” cuando pasa por agua. Y en la que el abuelo se vuelve loco por los corpiños de las niñas. Adolescentes y “pasaditos” que consumen toda novedad y llegan hasta de aprender el idioma madre del animé, el japonés. De otro lado, padres que se espantan por la violencia y la muerte de los personajes. Los acusan de pervertidos y se inclinan por la “sana” variedad occidental. Otros simplemente desconocen las series, incluso el término anime.

Pero más allá de toda postura, el anime es una extraña criatura cultural. Es una palabra francesa. Los personajes poseen formas notablemente occidentales. Y los relatos se tiñen de tonalidades orientales. Resulta dificultoso defender a capa y espada la superioridad de estas animaciones frente a otras, la pureza de sus ideas. Es curioso escuchar a japoneses de este nuevo siglo diciendo que los ojos enormes son hermosos y recordar a sus antepasados trazando unos delgados. O a adolescentes de América comprándose libros para aprender a ilustrar las series niponas, mientras más de una calza un kimono.

El anime, así como el manga, son una bandera y también actividades económicas importantes en Japón. Se calcula que la población gasta en ellas unos 8 mil millones de dólares al año. Tienen un costado comercial y a la vez gozan de uno artístico admirable. Es interesante señalar que la película “Mononoke Hime” –la princesa, Mononoke- fue la más taquillera de la historia japonesa y trata sobre la conflictiva relación entre el hombre y el bosque, en el contexto feudal, un ritmo lento. Dura más de 2 horas y su contenido es denso, prácticamente filosófico. Esta misma en Estados Unidos obtuvo una tibia respuesta.

La historia del anime alimenta a la del país. Y viceversa. ¿Acaso podía ser de otro modo? Incursionar en el mundo de la animación de cualquier origen es irse de viaje y seguir en casa. Una experiencia para mentes curiosas y una diversión que no precisa de razones lógicas.

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